Nuestra historia

Todo comenzó con el nombramiento de Miguel Ángel Cebolla Malo como delegado, tras la dimisión del anterior. Un nombramiento que llegó envuelto en una curiosa interpretación de los estatutos por parte de la federación: unos días los leían de una manera, y al siguiente, exactamente al revés.

Pese a ello, Miguel Ángel fue elegido por amplia mayoría en una asamblea que ya anticipaba tensiones. Y es que el secretario de Organización de UGT, el Sr. Zorraquino, llegó preparado: con un acta entre manos que no se sostenía por ningún lado. Nos negamos a firmarla. Algo no olíamos bien desde el principio.

Pocos meses después, en marzo de 2010, en una asamblea de gestión de la federación se abordó un tema delicado: el cobro de la asesoría jurídica a nuestros afiliados, algo que nunca antes se había hecho. Solicitamos la presencia del Sr. Santos, secretario general de Transportes de UGT, para que explicara ese cambio. La reunión se caldeó rápido. Descubrimos, entre otras cosas, las estrechas relaciones de Santos con nuestro jefe de Recursos Humanos. Nos dijo que "había que hacer otras cosas que poner juicios", que ese no era el camino. Curiosamente, lo mismo que Héctor —de la empresa— le había sugerido días antes a Miguel Ángel.

Le preguntamos a Santos si aquello eran órdenes veladas de la empresa, especialmente en un momento de fuerte ofensiva de sanciones. Le dijimos claro que no íbamos a cargar a nuestros afiliados con el coste de una asesoría que siempre había sido gratuita. Santos se ofendió. Nos espetó: "Si no estáis a gusto, marchaos". Le respondimos que preferíamos, más bien, quitar a toda la gente como él del sindicato.

Ese día supimos que nuestro lugar en UGT tenía los días contados.

A partir de ahí, los recortes hacia nuestra sección sindical fueron sistemáticos: nos quitaron hasta el papel y los sobres, nos negaron citas con abogados, perdimos juicios incomprensibles y se entorpeció cualquier comunicación con los afiliados. Pero como no lograban apartarnos por las buenas —y seguíamos teniendo el contacto directo con la gente—, optaron por el atajo sucio.

El secretario de Organización, en nombre de toda la federación, fabricó un dossier de falsedades para denunciarnos ante la dirección nacional en Madrid. Allí, como era de esperar, les dieron la razón sin permitirnos defendernos, sin leer nuestras alegaciones ni valorar las pruebas y testigos que aportamos. Esas pruebas siguen hoy a disposición de quien quiera consultarlas en SATTRA.

Mientras tanto, con nuestro trabajo silencioso y cercano, habíamos conseguido más de 150 nuevos afiliados. Las votaciones lo confirmaban: la gente estaba con nosotros. Y cuando vimos que la única intención de la federación era firmar un convenio indigno —como luego ocurrió con el convenio regional de viajeros—, decidimos prepararnos para lo peor: salir de UGT para defender, de verdad, los intereses de quienes confiaban en nosotros.

Empezamos a gestar un nuevo sindicato. No por capricho, sino para dar una alternativa real si la federación seguía ignorando a la afiliación y priorizando sus intereses —y los de la empresa— sobre los de los trabajadores. Y así fue: cuando el secretario general de nuestra sección decidió apartarse, la federación no aceptó que la gente eligiera libremente a sus representantes. Solo querían que la sección la controlaran Domínguez y ese extraño liberado que nadie entiende por qué lo es: el Sr. Aldea.

Aun así, aguantamos. Seguimos exigiendo una asamblea democrática donde la gente decidiera. No la convocaron hasta abril de 2011, cuando ya nos habíamos ido y ya no representábamos ningún peligro para ellos. Saltándose estatutos y principios básicos de transparencia, consiguieron lo que querían: que Domínguez mandara en el "cortijo". Solo que el cortijo, para entonces, estaba vacío.

Desde noviembre de 2010 teníamos el nuevo sindicato legalizado. Por eso pedíamos paciencia a quienes querían irse antes de tiempo. Aguantamos incluso después de la reforma laboral, que fue la gota que colmó el vaso para muchos afiliados. Resistimos hasta la última asamblea informativa de UGT, donde sus intenciones quedaron más que claras. Entonces, en enero de 2011, pusimos en marcha SATTRA.

La respuesta de la plantilla nos emocionó. Sabíamos que la gente estaba con nosotros, pero no imaginábamos hasta qué punto. La afiliación fue masiva. Y lo más reconfortante: incluso quienes se quedaron en UGT —por motivos personales, no por lealtad a Domínguez— tenían perfectamente clara la verdad de lo ocurrido.

Hoy solo nos queda agradecer vuestra confianza. Gracias por dar el paso. No os defraudaremos. Solo os pedimos un poco de paciencia: montar un sindicato desde cero cuesta tiempo, esfuerzo y sudor. No damos más de sí, pero seguimos aquí, trabajando con las manos en la masa, porque esta lucha no es nuestra: es vuestra.